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Me gusta que me lo haga por atrás, cual perros. Sentirme aprisionada, sometida en el golpeteo que me extasia cada vello de mi piel, eriza, su pene caliente que se clava como una cuchilla que logra ese dolor orgásmico que tengo minutos después. Como un animal con vida propia, que me busca para plantarse en mi vientre, chupándome energía, exprimiendo cerezas .
Es como cocinar, supongo. Es decir, existen actividades en las que no cabe mi superioridad mal encausada. Aunque también lo disfruto desde arriba, detenerle el pecho y mecerme hasta que mi clítoris podría de verdad ser ese botón que me lleva a la felicidad, justo donde no existe lo que pienso, ni lo que veo venir. Nos venimos.
Es como cocinar, supongo. Es decir, existen actividades en las que no cabe mi superioridad mal encausada. Aunque también lo disfruto desde arriba, detenerle el pecho y mecerme hasta que mi clítoris podría de verdad ser ese botón que me lleva a la felicidad, justo donde no existe lo que pienso, ni lo que veo venir. Nos venimos.
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-¿Qué tengo aquí?- me dice mientras se toca la cabeza con el tono del señor raboverde que ansía una aventura fácil.
-No sé, qué tendrías además de una cabeza debajo del sombrero- coqueteo como infante de 3 años.
-No sé, podría tener mi corazón- sonríe
-Me tengo que ir, no estoy para tus juegos- Estallo sin remedio.
-Y yo quedarme, porque estoy para los tuyos- sigue con su sonrisa que espera.
Me despedí de Daniel, beso en la mejilla con su barba raspándome el mentón. Él besa mi mano, tierno, como mendigando, no sé qué, pero mendigando.
Hace una semana que no lo hacemos.
-No sé, qué tendrías además de una cabeza debajo del sombrero- coqueteo como infante de 3 años.
-No sé, podría tener mi corazón- sonríe
-Me tengo que ir, no estoy para tus juegos- Estallo sin remedio.
-Y yo quedarme, porque estoy para los tuyos- sigue con su sonrisa que espera.
Me despedí de Daniel, beso en la mejilla con su barba raspándome el mentón. Él besa mi mano, tierno, como mendigando, no sé qué, pero mendigando.
Hace una semana que no lo hacemos.
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Me acaba de vomitar una serpiente. Abrió su boca, se alzó sobre sí y me vino a arrojar desde sus entrañas. Ahora se ha acurrucado cerca de las patas de Hunit, como si yo pudiera atacarle, apachurrarla, se vuelve una lombriz astuta, se olvida que pudo haberme tragado.
-¿Y si la lluvia no existiera, Zaza?- le pregunto mientras me limpio la sábana gratinada.
-No sé Muak Ann, para eso subimos aquí- me desenreda mis cabellos rosas. Ambas observamos a Hunit patalear entre el lodo.
Lodo.
-¿Y si la lluvia no existiera, Zaza?- le pregunto mientras me limpio la sábana gratinada.
-No sé Muak Ann, para eso subimos aquí- me desenreda mis cabellos rosas. Ambas observamos a Hunit patalear entre el lodo.
Lodo.